El 2 de febrero la Iglesia nos presenta una fiesta de Jesucristo: la PRESENTACIÓN DEL SEÑOR en el templo de Jerusalén. Este año, al ser domingo, celebraremos gozosamente esta festividad desde la misa vespertina del sábado.

María y José realizaron, de acuerdo a las prescripciones de la ley de Moisés, dos acciones con el Niño Jesús recién nacido: por un lado, el Niño fue presentado en el templo y rescatado; por el otro, la purificación de la Virgen. Pero lo que pudo aparecer como cumplimiento de la ley mosaica se convirtió, en realidad, en un encuentro con el pueblo gozoso y creyente, representados en los ancianos Simeón y Ana.

La presentación y rescate era una norma que se refería a los primogénitos de los hebreos de sexo masculino. Todos los primeros hijos varones tenían que ser consagrados al Señor; constituían una especie de diezmo de Dios sobre la prole, para recordar el acontecimiento del Éxodo. Pero de hecho solamente los levitas seguían estando al servicio del Señor, mientras que los primogénitos de las otras tribus eran rescatados a la edad de un mes, pagando por ellos cinco siclos (Éx 13,13; Núm 18,15-16).

La purificación interesaba exclusivamente a la mujer. Si daba a luz un hijo varón, contraía la impureza legal durante cuarenta días, pasados los cuales tenía que presentarse al sacerdote en el santuario para ser declarada limpia mediante un rito expiatorio. Con esta finalidad la madre tenía que ofrecer al sacerdote un cordero de un año para el holocausto y una paloma o una tórtola como sacrificio de expiación. Si no estaba en condiciones de presentar un cordero, podía sustituirlo por un par de tórtolas o de palomas, una para el holocausto y otra para el sacrificio (Lev 12; cf 5,7), que fue lo que ofreció la Virgen María.

Historia de la fiesta litúrgica

Es una fiesta antiquísima de origen oriental. La Iglesia de Jerusalén la celebraba ya en el siglo IV. Se celebraba allí a los cuarenta días de la fiesta de la Epifanía, el 14 de febrero, como testimonia el diario de Egeria – de origen español, por cierto, y que peregrinó a Tierra Santa en el siglo IV –añadiendo el interesante comentario de que se “celebraba con el mayor gozo, como si fuera la pascua misma”‘. Desde Jerusalén, la fiesta se propagó a otras iglesias de Oriente y de Occidente. En el siglo VII, si no antes, había sido introducida en Roma. Se asoció con esta fiesta una procesión de las candelas. La Iglesia romana celebraba la fiesta cuarenta días después de Navidad.

Esta fiesta comenzó a ser conocida en Occidente, desde el siglo X, con el nombre de Purificación de la bienaventurada Virgen María y fue incluida entre las fiestas de Nuestra Señora. Pero esto no era del todo correcto, ya que la Iglesia celebra en este día, esencialmente, un misterio de nuestro Señor. En el calendario romano, revisado en 1969, se cambió el nombre por el de “La Presentación del Señor”. Esta es una indicación más verdadera de la naturaleza y del objeto de la fiesta. Sin embargo, ello no quiere decir que infravaloremos el papel importantísimo de María en los acontecimientos que celebramos. Los misterios de Cristo y de su Madre están estrechamente ligados, de manera que nos encontramos aquí con una especie de celebración dual, una fiesta de Cristo y de María.

Triple contenido de la Fiesta cristiana

Podemos destacar tres aspectos dentro de esta fiesta de la Presentación:

  • Primero. Ante todo, como «Presentación del Señor», esta fiesta celebra la ofrenda de Jesús al Padre. Y también resuena la voluntad divina de enviar a su Hijo al mundo, para salvarlo: “Luz para alumbrar a las naciones”, “Presentado ante todos los pueblos”. Es un eco de la Epifanía, de la manifestación de que la salvación esperada durante siglos y siglos. Esa salvación es Cristo, como explícitamente indicará el anciano Simeón:  “mis ojos han visto a tu Salvador”, exclama. Aunque esta fiesta del 2 de febrero cae fuera del tiempo de Navidad, es parte integrante del relato de la misma. Es una chispa del fuego de Navidad, es una epifanía del día cuadragésimo. Navidad, Epifanía, Presentación del Señor son tres paneles de un tríptico litúrgico.
  • Segundo. Pero es al mismo tiempo fiesta de la Iglesia que sale al encuentro de su Señor, ya que el Señor, Él mismo, por su divina iniciativa, se digna salir al encuentro de su Iglesia. Por eso entre las iglesias orientales se conoce esta fiesta como “La fiesta del Encuentro” (en griego, Hypapante), destacando este aspecto fundamental de la fiesta que ya hemos señalado: el encuentro del Ungido de Dios con su pueblo. Comienza así la celebración de la Eucaristía al ser iniciada por la bendición y procesión de las candelas: «El Señor, nuestro Dios, vendrá con poder. Iluminará los ojos de sus siervos. Aleluya» (Is 35,4-5). Jesús viene a nuestro encuentro. «Concédenos a nosotros, que caminamos al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna» (oración después de la comunión).
  • Como tercer motivo, posterior a los dos anteriores, pero presente también en la celebración, hay que apuntar el carácter mariano. Muy hondamente lo expresa Pablo VI en la exhortación «Marialis cultus«, fechada precisamente el día de la Presentación del Señor de 1974: «también la fiesta del 2 de febrero, a la que se ha restituido la denominación de la Presentación del Señor, debe ser considerada, para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, como memoria conjunta del Hijo y de la Madre, es decir, celebración de un misterio de la salvación realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo doliente de Yahvé, como ejecutora de una misión referida al antiguo Israel y como modelo del Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza del sufrimiento y por la persecución» (Marialis cultus, 7).

Liturgia de la fiesta

La celebración de la misa de hoy comienza de una manera distinta, con una bendición de las candelas y con una procesión. Esta bendición y procesión tienen un origen muy antiguo en el rito romano y el Misal reformado después del concilio Vaticano II ha mantenido esas costumbres, aunque quizás, para nuestra mentalidad actual puedan resultar algo chocantes. Pero tiene un significado profundísimo: nosotros, la Iglesia (el nuevo Israel) salimos al encuentro (recordemos lo dicho antes acerca de la fiesta del Encuentro) de nuestro Salvador, para recibir con luces al que es la “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”. (Lc 2,22-40; que hoy escucharemos). La alabanza a Cristo durante la procesión es parte esencial de la misma, glorificándolo con cantos.

En la introducción a la bendición de las candelas y a la procesión el celebrante recuerda cómo Simeón y Ana, guiados por el Espíritu, vinieron al templo y reconocieron a Cristo como su Señor. Y concluye con la siguiente invitación: «Unidos por el Espíritu, vayamos ahora a la casa de Dios a dar la bienvenida a Cristo, el Señor. Le reconoceremos allí en la fracción del pan hasta que venga de nuevo en gloria».

Se alude claramente al encuentro sacramental, al que la procesión sirve de preludio. Respondemos a la invitación: «Vayamos en paz al encuentro del Señor»; y sabemos que este encuentro tendrá lugar en la Eucaristía, en la Palabra y en el Sacramento. Entramos en contacto con Cristo a través de la liturgia; por ella tenemos también acceso a su gracia. San Ambrosio escribe de este encuentro sacramental en una página insuperable: «Te me has revelado cara a cara, oh Cristo. Te encuentro en tus sacramentos».

Las lecturas bíblicas de la fiesta son riquísimas, textos cristológicos que nos abren a unas dimensiones sin fin de la persona del Señor: la venida escatológica del Señor a su Templo (1ª lectura – Mal 3,1-4), con el canto del Rey de la Gloria que entra en el templo como salmo responsorial (Sal 23) y el Evangelio del episodio evangélico (Lc 2,22-40). La segunda lectura, el pasaje de Heb 2,14-18: Jesús participó de nuestra carne y sangre para expiar los pecados del pueblo.

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