Como ya sabéis, este año el Plan Pastoral Diocesano se va a centrar especialmente en la celebración del misterio cristiano. Con tal motivo, vamos a realizar una serie de artículos que expliquen y desarrollen diversos aspectos de la Liturgia de la Iglesia. Como este domingo 1 de diciembre estrenamos el nuevo Año litúrgico con el tiempo de Adviento, vamos a dedicar a este tiempo una pequeña reflexión.
 
EL ADVIENTO
 
El Adviento es un tiempo litúrgico que abarca las cuatro semanas anteriores a la solemnidad de Navidad y es un período con un fuerte sentido ascético (de piedad, oración y penitencia) y un hondo sentido litúrgico. Adviento es una palabra de origen latino que quiere decir VENIDA . Durante estas cuatro semanas la Iglesia nos pone delante lo que fue la perspectiva histórica de la venida del Mesías, el acontecimiento mismo de su venida y la continua presencia de Dios en el mundo. También nos prepara y advierte de otra gran venida en majestad, llamada Parusía, reservada al final de los tiempos. Así pues, se nos enseña en este tiempo a vivir en la esperanza de una salvación segura, a imitar la actitud gozosa, aunque tensa, del pueblo de Israel y a valorar el gesto condescendiente de Dios hacia los hombres. Dios se achica, se abaja, para hacerse más cercano al hombre.  Se hace hombre y vive con nosotros  y nos permite asomarnos al gran misterio de su Amor.
LAS TRES FIGURAS DEL ADVIENTO
Una antiquísima y universal tradición ha asignado al Adviento la lectura del profeta ISAÍAS, ya que en él, más que en los restantes profetas, resuena el eco de la gran esperanza que confortará al pueblo elegido durante los difíciles y trascendentales siglos de su historia. Durante el Adviento se proclaman las páginas más significativas del libro de Isaías, que constituyen un anuncio de esperanza perenne para los hombres de todos los tiempos.
JUAN EL BAUTISTA es el último de los profetas, resumiendo en su persona y en su palabra toda la historia anterior en el momento que ésta alcanza su cumplimiento. Encarna perfectamente el espíritu del Adviento. Él es el signo de la intervención de Dios en su pueblo, como precursor del Mesías tiene la misión de preparar los caminos del Señor (cf. Is 40,3), de anunciar a Israel el «conocimiento de la salvación» (cf. Lc 1, 77-78) y, sobre todo, de señalar a Cristo  ya presente en medio de su pueblo (cf. Jn 1 , 29-34).
El Adviento, finalmente, es el tiempo en el que se pone de relieve la relación y cooperación de la VIRGEN MARÍA en el misterio de la redención. El Adviento es el tiempo mariano por excelencia. Como hija de Israel participó de su tensión y esperanza. Como futura Madre de Cristo fue protagonista excepcional, de primera fila, del gran acontecimiento. Como Madre de la Iglesia está dónde está Jesús, dónde se le busca, dónde se le espera, dónde se le ama. Ella misma nos enseña cómo preparar su visita. Por ello, la solemnidad de la Inmaculada Concepción no es una ruptura de la unidad de este tiempo, sino parte del misterio. María es el prototipo de la humanidad redimida, el fruto más espléndido de la venida redentora de Cristo.
 
LA TEOLOGÍA DEL ADVIENTO
 
El Adviento encierra un rico contenido teológico; considera todo el misterio cristiano desde la entrada del Señor en la historia hasta su final. Los diferentes aspectos del misterio cristiano se remiten unos a otros y se fusionan en una admirable unidad.
El Adviento evoca ante todo la dimensión histórico-sacramental de la salvación. El Dios del Adviento es el Dios de la historia, el Dios que vino en plenitud para salvar al hombre en Jesucristo. El adviento es el tiempo litúrgico en el que se evidencia con fuerza la dimensión escatológica del misterio cristiano. Dios nos ha destinado a la salvación (cf. 1Tes 5,9), si bien se trata de una herencia que revelará sólo al final de los tiempos (cf. 1Pe 1, 5).
La historia es el lugar dónde actúan las promesas de Dios y está orientada hacia el día del Señor (cf. 1 Cor 1, 8; 5,5). Durante su peregrinación terrena, la Iglesia vive incesantemente la tensión del ya sí de la salvación plenamente cumplida en Cristo y el todavía no de su actuación en nosotros y de su total manifestación con el retorno glorioso del señor como juez y como salvador.
Por último, el Adviento nos recuerda el compromiso misionero de la Iglesia y por tanto, de todos los cristianos, por el advenimiento del Reino de Dios. La misión de la Iglesia de anunciar el Evangelio a todas las gentes se funda esencialmente en el misterio de la venida de Cristo y en la venida del Espíritu Santo.
 
LA LITURGIA EN EL ADVIENTO
 
Aún manteniendo la unidad de las dos venidas de Cristo (Navidad y Parusía) a lo largo de todo este tiempo con la lectura diaria del profeta Isaías, pueden distinguirse dos etapas en la vivencia litúrgica del Adviento:
1) Desde el primer domingo hasta el 16 de diciembre se resalta más el aspecto escatológico, orientando el espíritu cristiano en la espera vehemente de la gloriosa venida del Señor.
2) Del 17 al 24 de diciembre, tanto en la Misa como en la Liturgia de las Horas, todo se orienta a preparar la Navidad.
 
Los cuatro prefacios de este tiempo expresan de manera maravillosa ambas ideas, por lo que al final os los proponemos como texto de meditación para este tiempo. El I y el III se usan desde el primer domingo hasta el 16 de diciembre y el II y el IV desde el 16 hasta el 24 de diciembre.
El primero domingo se centra especialmente en la última venida del Señor, en el día del Juicio y en la Parusía. los domingos segundo y tercero nos presentan la figura de San Juan Bautista – aunque este año no celebraremos el II domingo, sino la solemnidad de la Inmaculada – mientras que el IV domingo se centra en la Virgen María..
Durante el Adviento empleamos el color morado y no se canta el Gloria y empleamos el adorno floral del altar con austeridad. El sentido no es penitencial, como en Cuaresma, sino que es más bien una expresión de la actitud de espera que caracteriza este tiempo: no los usamos esperando el día de Navidad, cuando con los ángeles cantaremos Gloria a Dios en el cielo.
 
TEXTOS PARA LA MEDITACIÓN
SAN CARLOS BORROMEO, Cartas pastorales(Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917)
Sobre el tiempo de Adviento
Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.
La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.
Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.
SAN BERNARDO DE CLARAVAL, Sermón 5 en el Adviento del Señor (1-3: Opera omnia, Edit. cister. 4, 1966, 188-190)
Vendrá a nosotros la Palabra del Señor
Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y en la última, en gloria y majestad.
Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo.
Y para que nadie piense que es pura invención lo que estamos diciendo de esta venida intermedia, oídle a él mismo: El que me ama —nos dice— guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. He leído en otra parte: El que teme a Dios obrará el bien; pero pienso que se dice algo más del que ama, porque éste guardará su palabra. ¿Y dónde va a guardarla? En el corazón, sin duda alguna, como dice el profeta: En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti.
Así es cómo has de cumplir la palabra de Dios, porque son dichosos los que la cumplen. Es como si la palabra de Dios tuviera que pasar a las entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta. Haz del bien tu comida, y tu alma disfrutará con este alimento sustancioso. Y no te olvides de comer tu pan, no sea que tu corazón se vuelva árido: por el contrario, que tu alma rebose completamente satisfecha.
Si es así como guardas la palabra de Dios, no cabe duda que ella te guardará a ti. El Hijo vendrá a ti en compañía del Padre, vendrá el gran Profeta, que renovará Jerusalén, el que lo hace todo nuevo. Tal será la eficacia de esta venida, que nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Y así como el viejo Adán se difundió por toda la humanidad y ocupó al hombre entero, así es ahora preciso que Cristo lo posea todo, porque él lo creó todo, lo redimió todo, y lo glorificará todo.
PREFACIO I DE ADVIENTO
EN verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

Quien, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne,
realizó el plan de redención trazado desde antiguo
y nos abrió el camino de la salvación eterna,
para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria,
revelando así la plenitud de su obra,
podamos recibir los bienes prometidos
que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar.

PREFACIO II DE ADVIENTO
EN verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

A quien todos los profetas anunciaron,
la Virgen esperó con inefable amor de madre,
Juan lo proclamó ya próximo
y señaló después entre los hombres.
El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría
al misterio de su nacimiento,
para encontrarnos así, cuando llegue,
velando en oración y cantando su alabanza.

PREFACIO III DE ADVIENTO
EN verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso, principio y fin de todo lo creado.

Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la historia,
aparecerá revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.

En aquel día terrible y glorioso
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.

El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio
de la esperanza dichosa de su reino.

PREFACIO IV DE ADVIENTO
EN verdad es justo darte gracias,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.

Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos
por el misterio de la Virgen Madre.
Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina,
en el seno virginal de la hija de Sion ha germinado
aquel que nos nutre con el pan de los ángeles,
y ha brotado para todo el género humano
la salvación y la paz.

La gracia que Eva nos arrebató
nos ha sido devuelta en María.
En ella, madre de todos los hombres,
la maternidad, redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva.

Así, donde había crecido el pecado,
se ha desbordado tu misericordia
en Cristo, nuestro Salvador.

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