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Beato Manuel Lozano Garrido "Lolo"

BIOGRAFÍA

Manuel Lozano Garrido, conocido popularmente como “Lolo”, nació en Linares (Jaén) el día 9 de Agosto de 1920 en la plaza del Ayuntamiento, en la casa dónde vivía su abuelo. Fueron sus padres Agustín Lozano López y Lucía Garrido y Garrido, siendo bautizado el día 5 de Septiembre de aquel mismo año en nuestra Basílica de Santa María la Mayor.

Las primeras letras las recibió en el colegio de los Padres Escolapios y a continuación ingresó en el Instituto de Enseñanza Media donde cursó sus estudios de Bachillerato siendo considerado como un estudiante normal, sin brillantes calificaciones pero con un tesón y constancia ejemplarizantes.

Con el inicio de su carrera de Bachillerato coincide también su ingreso como socio Junior en el recién creado Centro de Jóvenes de Acción Católica en 1931, fecha estelar en su vida a partir de la cual va a acceder plena e intensamente al mundo espiritual, religioso y del apostolado seglar sometido en aquellos años treinta a duras pruebas e incertidumbres. La recepción semanal por no decir frecuente de la Eucaristía, los actos religiosos colectivos y reuniones de estudio formativas que se impartían en aquel Centro Juvenil, sedimentado todo ello en las vivencias religiosas que recibiera en su hogar familiar, fueron los medios providentes que forjaron el temple y el talante de aquel adolescente que sin él proponérselo se hacía atraer y respetar de todos sus amigos y compañeros de estudio.

En el año 1935 fallecen la madre y el abuelo, que era el sostén de la familia. Lolo y sus seis hermanos quedan solos. Tienen que malvender la casona del abuelo y se trasladan a la casa nº 4 de la calle Alonso Poves, a escasos metros de la iglesia de Santa María que poco tiempo después ardía en los primeros días de la guerra civil.

El estallido de la guerra civil española sorprendió a Manuel Lozano Garrido con un bagaje de valores no muy corriente en otros jóvenes de su edad. Ya a su ingreso en el Centro de Juventud de Acción Católica sus directivos, al percibir sus cualidades, no pudieron por menos que incluirle en sus eficientes “grupos de selección” de futuros dirigentes y ello hizo que esas cualidades adquiridas a la par que su formación le hicieran asumir el riesgo, la discreción y la prudencia que tan necesarios fueron en aquellos días trágicos de persecución y testimonio confiándosele por un sacerdote que no podía hacerlo la distribución de la Eucaristía tanto entre sus familiares como a sus amigos, enfermos e imposibilitados con los que era posible un limitado contacto, compartiendo esta secreta labor cristiana con su asistencia con otros jóvenes a “círculos de estudio” de las Sagradas Escrituras, las Encíclicas pontificias, la liturgia y documentos sociales. Pero tan intensa actividad que nos recuerda a los primeros cristianos no podía quedar oculta: detenido y encarcelado con dos de sus hermanas y otras familias de Acción Católica “Lolo” sufrió prisión durante tres meses siendo puesto en libertad provisional a la espera de ser juzgado con sus restantes familiares y hermanos en la fe.

A la espera del juicio, marcha entretanto a incorporarse como soldado a su reemplazo, siendo destinado al frente de Motril (Granada). Después de ejercer diversas misiones, Lolo fue encargado de atender al funcionamiento de una centralita telefónica instalada en la oquedad de una profunda y húmeda cueva, permaneciendo en ella la mayor parte de los días, circunstancia esta que pudo contribuir inicialmente a detectar los primeros síntomas de una enfermedad reumática, que, al irle progresando tanto en sus dolores como en la dificultad de movimiento, impidiéndole moverse con cierta desenvoltura, obligando a sus jefes a enviarle al hospital-base, precisamente situado en Linares. Allí le sorprendió el final de la guerra fratricida.

Al terminar la Guerra, Lolo acaba sus estudios de bachillerato y empieza a trabajar en una tienda de tejidos. En 1942, volvió a ser movilizado por el ejército. Destinado en Madrid, tuvo que ser licenciado definitivamente, volviendo dos años después a su casa inválido porque la parálisis progresiva había hecho presa en él. De regreso a Linares, Lolo no pudo volver a su actividad de antes impedido por el dolor en sus miembros inferiores.

Desde su lenta pero progresiva inmovilidad física hasta la publicación de su primer libro “El sillón de ruedas” en 1961, transcurrieron dieciocho años. Durante este período de tiempo dirigió dándole un gran impulso la revista “Cruzada” – órgano de la Acción Católica de Linares – en su segunda época; su contacto epistolar con otros enfermos le hace crear los “Grupos de Oración” por la prensa católica y su revista “Sinaí”; promueve y alienta actividades y campañas de apostolado entre los jóvenes que acuden a visitarle y a la par aconseja, anima, atrae a cuantos van conociendo su vida y su obra no obstante ir perdiendo muchos de sus movimientos físicos imprescindibles hasta llegar a una completa inmovilidad y más adelante a una ceguera total, que no le impide seguir escribiendo gracias no sólo a las jóvenes y los amigos que acuden a su casa a transcribir sus dictados, sino también a la valiosa ayuda de la Organización Nacional de Ciegos “ONCE” que le consideró como uno de sus miembros facilitándole un magnetófono y una selecta colección de obras literarias escritas en el sistema Braille, que intenta animoso aprender, o hace grabar para ser oídas enriqueciendo y ensanchando su ya amplia formación.

Los casi treinta años de la enfermedad de “Lolo” fueron terribles. Al iniciarse la década de los sesenta, la enfermedad le había paralizado los pies y las manos y su cabeza se inclinaba hasta rozar el pecho con su barbilla. Hacía años que no podía masticar por lo que para pasarle alimentos líquidos hubo que quitarle varias piezas dentales. El cambio degenerativo le produjo una diabetes que obligó a inyectarle insulina. Los últimos diez años de su vida se queda ciego.

Inmóvil, sin luz en sus ojos, sin poder ya hacer uso de sus dedos ni aún sujetándole a ellos el lápiz, Manuel Lozano siguió escribiendo consciente de que su misión era la de dar testimonio de que sus dolores y sufrimientos podían ser soportables, “eran posibles”, siendo sin él proponérselo tanto para propios como para extraños, un puro y limpio espectáculo de fe y de vida y una fuente de energía centrífuga, expansiva, luminosa.

Es sobrecogedor y sorprendente – y este sentimiento se acentúa el paso de los años transcurridos desde su muerte – que un hombre atrapado en un sillón de ruedas, dependiendo en sus más simples y elementales movimientos de su hermana Lucy, sus familiares y amigos, llegara a escribir incansable y animoso, toda una extensa relación de libros en los que el denominador común que rebosa en sus páginas es el dolor como servidumbre oferente y la esperanza como contrapunto espiritual.

Al contrario de cuanto pudiera imaginarse, esta intensa actividad intelectual y literaria de Lolo no mermó un ápice el cultivo de su vida interior. Amaba intensamente a la Virgen María para la que tuvo siempre un lugar predilecto en su producción literaria, la invocaba diariamente mediante el rezo del rosario, primero manejándolo con sus débiles dedos agarrotados por el dolor, y después a través de la radio o con su hermana Lucy. Pero si grande fue su amor a María, grande y profunda fue su fe en la Eucaristía: recibía la Comunión como una penetración en él del Cuerpo Místico cuyo alimento era la carne y la sangre del Señor, recibiéndola con frecuencia en sus últimos años y siempre que era posible, a diario.

La Eucaristía marcó a Lolo hasta los tuétanos. ¡Qué bellamente lo describe Martín Descalzo: “Misa en casa de Manolo”!; porque Lolo, que había descubierto lo que la Eucaristía es para la Iglesia y en la vida de cada cristiano, ya no podrá pasar sin tener cada día “Mesa redonda con Dios”; ese es el título de uno de sus libros. La Eucaristía es para Lolo fortaleza en su debilidad y alegría en su dolor, fuente de su inquietud apostólica y manantial para su pluma.

El 3 de noviembre de 1971, su vida se apagaba en Linares. El día 12 de junio de 2010, también en Linares, fue declarado Beato, en nombre del Santo Padre, por el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, Monseñor Ángelo Amato. Las reliquias insignes del Beato se veneran en nuestra Basílica, bajo el altar mayor.

Como colofón, no hay mejor resumen de su vida que el que nos lo dio el propio Benedicto XVI en la Carta Apostólica por la que lo nombró Beato: “MANUEL LOZANO GARRIDO, fiel cristiano laico, que ejerció infatigablemente el apostolado, y asumió con ánimo sereno y alegre su parálisis y ceguera; que, como escritor y periodista, propagó las verdades evangélicas, y sostuvo la fe de los demás con la oración, el amor a la Eucaristía y la filial devoción hacia la Virgen María…”

(Basado en la publicación de D. Juan Sánchez Caballero, titulada Biografía breve de Manuel Lozano Garrido “Lolo”, publicado por la Asociación de Amigos de Lolo, en agosto de 1996, material biográfico de la página web de la Fundación Lolo y aportaciones de los redactores del Memorial. Las fotografías son de www.amigosdelolo.com)

ORACIÓN

Oh Dios, que en el corazón del Beato Manuel has infundido una gran alegría y sencillez para que en el sufrimiento irradiase el sentido salvífico del dolor; concédenos, por su intercesión y ejemplo, anunciar dignamente el Evangelio con obras y palabras. Por Jesucristo, nuestro Señor.